Dra. Estefania A. Matos Cabrera
Nutrición Clínica
La obesidad: Como seres humanos solemos creer en las enfermedades solo cuando son visibles. Con la salud mental aprendimos —a veces tarde— que el sufrimiento puede existir aunque no sea evidente en el exterior. Con el riesgo metabólico ocurre algo parecido: no siempre se ve, y ese es precisamente el problema
Durante años hemos usado el peso —y el famoso Índice de Masa Corporal (IMC)— como una especie de termómetro. Puede orientar, sí. Pero también puede engañar. Porque el riesgo cardiometabólico no depende únicamente de cuánta grasa hay o cuántas libras existan, sino su composición y dónde se encuentran.
En el cuerpo hay dos tipos de grasa que vale la pena entender:
● Grasa subcutánea: la que está debajo de la piel. Es la más visible.
● Grasa visceral: la que se acumula más profundo, alrededor de los órganos.
La diferencia no es estética. Es biológica, y es importante porque, desde el punto de vista metabólico, la grasa visceral se asocia de forma más consistente con inflamación, hígado graso, alteraciones en triglicéridos/HDL y mayor riesgo de hipertensión y diabetes. En otras palabras: dos personas pueden pesar lo mismo y tener riesgos muy distintos según dónde esté almacenada la grasa. (Jensen, 2020; Kolb, 2022)
El Riesgo “Invisible”: Cuando el Cuerpo no lo Delata
A veces el exceso de grasa subcutánea es evidente, y eso facilita que el problema se reconozca (aunque también abre la puerta al estigma). Pero hay un escenario que suele pasar desapercibido, y está en las personas con peso aparentemente normal. En estos individuos pueden aparecer señales claras de alarma, aunque nadie lo note a simple vista: resistencia a la insulina, presión alta, triglicéridos elevados, HDL bajo o hígado graso. Y aquí está el punto: la apariencia no siempre delata el riesgo.

Por eso, la balanza o el IMC, por sí solos, no bastan. Para entender por qué ocurren estos cambios —como estrés metabólico y aumento de inflamación— traducidos en un riesgo “invisible”, conviene explicar un concepto clave: la resistencia a la insulina.
La insulina es una hormona clave que ayuda a que la glucosa entre a las células para producir energía. Cuando existe un exceso de calorías sostenido —sumado a sedentarismo, estrés crónico, mal sueño y predisposición genética— el cuerpo puede empezar a necesitar más insulina para lograr el mismo efecto, esto ocurre porque las células «cierran la puerta» o «se vuelven sordas» a la señal de la insulina, obligando al páncreas a sobretrabajar.
Esto describe de manera sencilla el concepto de la resistencia a la insulina, el cual con frecuencia se acompaña de hiperinsulinemia (insulina elevada en sangre). Cuando este estado se mantiene en el tiempo, tiende a favorecer: el almacenamiento de energía en forma de grasa, y la dificultad para movilizar grasa como combustible.
Aunque este proceso puede influir en los distintos “depósitos” ya sea subcutáneo o visceral, el punto clínico es este: cuando aumenta la grasa visceral (y la grasa en órganos, como el hígado llamada grasa ectópica), el riesgo cardiometabólico suele subir. (Jensen, 2020)
¿Cuál de las dos grasas es la culpable?
Aquí vale una aclaración para educar sin confundir: la grasa subcutánea no es inocente, pero su relación con el riesgo cardiometabólico es menos directa que la de la grasa visceral.
Algunos hallazgos sugieren que, en ciertos contextos, el tejido subcutáneo puede funcionar como un “depósito más seguro”: una forma de almacenar energía sin forzar al cuerpo a depositarla en órganos como el hígado o el páncreas. Por eso, el enfoque moderno pone atención en la proporción: cuánta grasa visceral hay en relación con la subcutánea.
Dicho de forma simple: más grasa visceral con poca subcutánea puede ser un escenario de mayor riesgo, incluso si la persona no luce con sobrepeso. (Emamat et al., 2024).

¿Qué cambia en la práctica?
Enfoque en la Salud Metabólica Real
Cuando entendemos que el riesgo cardiometabólico depende en gran medida de la grasa visceral, el enfoque se vuelve más claro: no se trata de “quitar grasa visible” por estética. Se trata de reducir grasa visceral, disminuir grasa ectópica y mejorar la función metabólica.
Ahí entran los pilares más consistentes y sostenibles que respalda la medicina del estilo de
vida:
- Alimentación basada en alimentos reales y mayormente de origen vegetal
- Actividad física regular (incluyendo fuerza y movimiento diario)
- Sueño reparador
- Manejo del estrés
- Evitar sustancias de riesgo (tabaco, alcohol en exceso y otras)
- Conexiones sociales positivas
Estos factores no solo impactan el peso: influyen directamente en la sensibilidad a la insulina, la inflamación, el hígado graso, la presión arterial y el perfil de lípidos. En otras palabras, son estrategias para cambiar el “terreno metabólico”, incluso cuando el riesgo no se ve por fuera. (Cinteza, 2024).
El mensaje es sencillo: la salud metabólica no siempre se ve. El peso y la apariencia pueden orientar, pero son insuficientes si se interpretan solos. Evaluar riesgo significa integrar distribución de grasa, signos clínicos, presión arterial, laboratorios y hábitos. Porque, al final, no se trata solo del número en la balanza. Se trata de detectar a tiempo, prevenir complicaciones y acompañar procesos reales de salud: sostenibles, personalizados y basados en evidencia.

